Me simpatiza el Dr. Jorge Adame Goddard. Es un investigador de la UNAM el cual recientemente ha sido propuesto, por el Presidente Felipe Calderón, como integrante de una de las ternas para desempeñarse como Ministro de la Suprema Corte. Lo cual implica la ratificación del Senado de la República, desde luego. La razón de mi simpatía reside en el esmero con el cual ha cultivado, este profesor, una disciplina tan incomprendida como lo es el Derecho Romano.A ese respecto debo apuntar lo siguiente. He visto la enjundia con la que se construyeron planes y programas de estudio de la Licenciatura en Derecho en instituciones académicas ajenas a la UNAM. Hasta la fecha no me cabe en la cabeza saber que esos novedosos programas excluyen una asignatura tan importante como lo es el Derecho Romano.
Permítase este paralelismo. El Derecho Romano es tan importante para la formación de los abogados como pudieran ser las matemáticas para los arquitectos, la anatomía para los médicos o la lógica para los filósofos.
Hablar del Derecho Romano, en nuestros días, pareciera indicar una disciplina arcaica o caduca. Craso error. Gran parte del sistema jurídico de nuestro tiempo, como lo conocemos, fue construido hace siglos. La armazón fundamental de nuestro Derecho –no es un despropósito afirmarlo– nos fue heredada gracias a una labor de recepción, codificación, doctrina e interpretación que se prolongó durante la Edad Media en Europa. Un ejemplo de esos juristas que reformularon el Derecho Romano fue el italiano Bártolo de Sassoferrato. Hacía estudiar a sus discípulos los textos primigenios introduciéndoles anotaciones o apuntes que se conocen como “glosas”. De ahí el nombre de la “escuela de los glosadores”.
Lejos de las anécdotas, el estudio del Derecho Romano es la puerta magna por la cual la mente de los futuros licenciados en Derecho ingresa al mundo del razonamiento jurídico. No es que todos los problemas se encuentren ya resueltos. Más bien, todos los problemas de la Ciencia Jurídica deben razonarse de una forma propia de los juristas. Sin el estudio del Derecho Romano, ustedes podrán imaginar, se desarticula ese entrenamiento.
Pero hay algo más que me habla favorablemente del Dr. Adame Goddard: es un hombre dedicado a la Ciencia Jurídica y, por ello, a la objetividad. Eso es muy importante en nuestros días.
Se le tacha sin ninguna evidencia, por parte de ciertos periodistas, como un hombre de posiciones “ultraconservadoras” cualquier cosa que eso signifique. México ha padecido un enfrentamiento político e ideológico entre liberales y conservadores. El triunfo liberal en el siglo XIX, en realidad, no condujo al país a una transformación ordenada de sus objetivos. Ese enfrentamiento histórico llevó al país a una guerra civil conocida como la Cristiada. Ahora, en pleno siglo XXI, esas diferencias ideológicas no abonan a la construcción del país. Lo anclan en el pasado. México no puede renunciar a su futuro.
Un hombre como Adame Goddard no debe ser menospreciado a partir de argumentos tan baladíes. No olvidemos que, en caso de llegar a ser ratificado por el Senado de la República como Ministro de la Suprema Corte, el Derecho deberá guiar su actuación pública. No sus convicciones personales o ideología. Dejemos que ejerza en su fuero interno su libertad de conciencia.
Adame Goddard es un hombre muy preparado pues posee un doctorado en Historia por El Colegio de México, así como una licenciatura en la Escuela Libre de Derecho. Está acostumbrado a trabajar, algunos de sus textos me lo indican, con base en los rigurosos cánones de la objetividad científica. Es autor, por cierto, de un valiosísimo tratado sobre la compraventa internacional el cual, para quien guste consultarlo, está a su disposición gratuita en la biblioteca electrónica del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.
Su visión enriquecería a la Corte, estoy seguro. Y creo que no debemos prejuzgarlo. Podría llegar a ser un Ministro que, en efecto, produzca decisiones absolutamente independientes y, sobre todo, objetivas.
No obstante, tiene frente a sí al Dr. Arturo Zaldívar Lelo de Larrea y al Dr. Eduardo Ferrer McGregor. El Dr. Zaldívar Lelo de Larrea es un fuerte abogado postulante en materia de amparo. Mientras que el Dr. Ferrer McGregor trabajó algún tiempo en la Suprema Corte y actualmente está dedicado a la academia. El Senado tendrá una difícil decisión que adoptar. Cualquiera de los nombrados tiene méritos suficientes para ocupar dignamente un sitial en nuestro máximo tribunal.
Posteriormente expondré mi opinión en relación a la otra terna de candidatos propuestos por el Presidente Calderón. Una terna, ésta sí, integrada por Magistrados del Poder Judicial de la Federación.






